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"Pabellón 69 "

Antipoemas
Ed. Onyx, 1999
Extracto


"PABELLÓN 69" es un libro de poemas, fruto de las reflexiones que el poeta se hace observando la sociedad en la que vive, situada en un manicomio:
poemas-gritos que denuncian la relación de impotencia entre el individuo y el "poder", sea político, económico, religioso fanático ... así como la relación de fuerza entre los individuos.
Es una obra con garra, punzante, cruda y lírica a la vez, tanto en su lenguaje como en sus imágenes.
En este momento en que el "poder" hace destrozos en todo el planeta - con "sus guerras" -, donde el individuo es la carne de cañón, es alentador escuchar una voz que nos hace tomar conciencia de la crueldad del mundo indecente en el que sobrevivimos.

Texto de la contraportada.





El Sísifo poeta se volvió loco en los infiernos
y los dioses lo encerraron en el manicomio.
Así comienza sus reflexiones:
"Cuando me leáis
no busquéis la "verdad" entre lo escrito;
no digo todo lo que pienso,
no pienso todo lo que escribo;
pero entre líneas
podéis leer lo que siento:
impotencia ante los dioses,
la inutilidad de mis actos,
la futilidad de mis gritos,
lo absurdo de mi destino".





ESPERANDO LA CAMISA DE FUERZA
(toda una vida delante de un espejo)

Cuando me miro al espejo y
palpo o exprimo mi cerebro
o bien sale de él un eructo,
o un poema,
o un pedo,
o bien... Shakespeare eyaculando versos.
A mí me gustaría vivir dentro del vidrio azogado,
reflejar lo que otros piensan
y -a veces- vivir también sus sentimientos,
sus emociones más profundas,
no las deformadas
por la imagen que quieren dar de sí mismos.
Desde fuera todo se desfigura o se transforma.
Dentro todo lo podemos sublimar a nuestra medida,
vivirlo en sueño.
Y si estás loco y además sueñas
nunca tendrás problemas
-porque nadie te toma en serio-:
puedes recorrer los pasillos del subconsciente
-los tuyos o los de los otros-,
puedes estar o no estar de acuerdo con ellos,
puedes hacer propios todos los pensamientos
-incluso el odio de los "enfermeros"-...
puedes llegar por las largas galerías
a las profundidades del infierno,
donde tú -Lucifer-
tendrás la suerte de trabajar a tiempo completo
torturando a esas "ratas" que se erigen en loqueros.
Dentro del espejo
puedes hacerte enano,
quitarle la braga a Caperucita Roja cuando duerme,
hacerte pasar por el príncipe de un cuento,
realizar tus más recónditos, libidinosos y humanos deseos:
morder hasta la saciedad una boca lasciva
-unos labios en fuego-,
comer unos senos turgentes que te maten el hambre de perro;
puedes regodearte en un sexo viscoso, sediento de placer
-luna llena en noche sin estrellas-
que se deja lamer como gata en celo;
puedes dejar que tu encabritado pene
-caballo desbocado-
riegue con su esperma
lo que de voluptuosidad tiene un cuerpo de hembra:
cabellos, ojos, labios, cuello, tetas, vientre, culo, sexo...
puedes revolcarte como un cerdo
en lo que la sociedad llama fango
-si así es tu deseo-.
Puedes ignorar todo lo que la moral burguesa prohibe
-e impunemente poseerlo-.
Dentro del espejo
puedes sentirte dios,
tomar por asalto el trono de los loqueros,
hacerles beber la sangre derramada en el pabellón,
obligarles a comer los vómitos y excrementos
que los locos han expulsado
en su continuo estado vital de miedo.
Puedes mear sobre esas "palomas negras"
que desde el cielo, en un coito de paz,
escupen mensajes de mierda
-encubriendo los crímenes y violaciones de los loqueros-;
puedes cortarles las alas -castrarlos-,
que caigan como puercos en el lodo del pabellón
que ellos mismos construyeron.
Dentro del espejo
-con la imagen que reflejan profetas y loqueros-
puedes disfrutar de la estupidez de su vanidad
en su carrera hacia el poder
-pantalones bajados y culos prestos a ser chupados-
con sus jetas de hipocresía y sed de dinero.
Dentro del espejo
puedes ser tú mismo:
el bufón,
la piltrafa,
el esqueleto del "poeta loco" que sueña, y
cuyos sueños
nadie toma en serio.





Este extraño edificio...
se inclina como un viejo barco que zozobra
en la sabana cenagosa del tiempo;
su destartalada arquitectura
sólo es un reflejo
de lo que la mano del hombre hizo
cuando creyó que su habitat era el océano.
Después del diluvio
fue construido en tierra,
donde los elementos de la naturaleza no perdonan:
herrumbre en sus ventanales y tejados,
puertas de madera carcomida,
deterioro en la pintura de las paredes,
chimeneas medio caídas...
y rejas que nos separan del exterior
animadas por una fuerza eléctrica
que impide toda salida.
Vivimos en el interior con camisa de fuerza
-guiñapos sin voluntad-
paseando nuestro pellejo
-harapos de miseria ambulante-
por celdas y corredores interminables;
vivimos entre latigazos,
hedor a orín y excrementos
que expelen legisladores "negreros"
cuando las órdenes no son cumplidas...
Vivimos entre negras ratas
que chupan la sangre de nuestra alma sin vida.





Esas ratas negras
arbolan el puro o la boquilla...
suelen llevar bigote a lo Charlot,
su cara es más dura que el cemento,
de su hocico de borrachas le exuda la bebida.
En sus gruesas panzas pululan gusanos
hartos de comida;
de sus ojos se escapa el odio
que mamaron en el vientre de su madre;
con los puños, abiertos o cerrados,
-siempre en alto-
dan órdenes, convencidas
de que sólo así puede funcionar la sociedad
compuesta por ellas mismas
y por los locos que ellas "guían".
En el mismo pabellón
existen también palomas negras, cínicas,
que se dicen "mensajeras"
-también "guías"-;
no torturan con el látigo
-llevan guantes blancos-,
son el apoyo táctico a una política de destrucción
a través de sus espíritus retorcidos,
refugiadas en la miseria de los locos
y en su propia hipocresía.





Para nosotros
la eternidad comenzó antes de nacer,
nuestra locura con la existencia,
nuestra tortura,
cuando nos pusieron la mordaza en la boca
obligándonos a callar,
no pudiendo expresarnos, blasfemar o llorar.
Nuestro universo son cuatro muros sucios,
unos barrotes oxidados en las ventanas y
muchos sueños rotos;
como banco de pirañas que nos atacara
se agolpan en nuestra mente
cuantos conceptos puedan imaginarse:
libertad, violencia, justicia, pan, corrupción,
olvido, vileza, paz, opresión,
miseria, belleza, crueldad, amor...
conceptos que nunca llegan a concretarse
incluso en palabras,
porque ni siquiera podemos balbucear.
Museo de cera,
cuadro de Chirico
en el que dominan estatuas y sombras
con perspectivas de eternidad.





Los loqueros dicen que estamos locos,
lo nuestro no es razonar, sino sufrir...
Pero, ¿por qué deberíamos razonar?
¿No es la razón la que nos ha traído aquí?
Los niños no razonan
y no los meten en el manicomio...
Preguntarse por el sentido y el fin de la existencia
es entrar en el mundo de los locos.
¿Tendrán razón los loqueros?,
¿qué sería de nosotros si razonáramos?,
¿qué sentido tendría nuestra vida
si no sufriéramos?





Yo les digo
que todos somos poetas;
y lo somos
por el hecho de estar locos,
porque soñamos,
porque en nuestra locura percibimos el sueño
como camino que lleva a la libertad;
porque en nuestra inconsciencia
vivimos en la lucha por la supervivencia.
El último hombre que quede en la Tierra
será un loco -el poeta-,
al que podrán anestesiar su cuerpo
porque se masturba en un rincón,
pero nunca podrán eliminar sus ideas.
La poesía no entra en sus categorías,
no podrán refutarla con sus métodos
-el látigo-.
La locura es nuestra fuerza.





¿Es necesario morir para llegar a ser niño?
Desde el momento de nacer
nos han hecho responsables de los actos;
no sólo de los nuestros,
también de aquellos de los loqueros.
¿Quién empuña el látigo?
¿Quién tiene la fuerza?
¿Quién la libertad para violar y matar?...
Nunca ellos,
es "la chusma"...
ellos "no necesitan matar" para seguir viviendo.
En cambio nosotros
-los locos-
sí, necesitamos morir
para saber qué es vivir.
Y luchamos o nos matan por un trozo de pan,
por un miligramo de morfina,
por un pedazo de amor,
por un rayo de sol que se filtra en el pabellón,
por conseguir el metro cuadrado de paz
que no existe en la colectividad...
Cuando los loqueros se vuelvan locos
¿podremos disfrutar de la infancia
en una nueva sociedad?





¿Qué es un poeta?
-me preguntan los locos anónimos-.
Yo siempre les respondo:
puede ser una alondra
que canta en el vacío
comiéndose sus gritos;
puede ser un sapo
que se arrastra por la tierra
y -esclavo- tira pedos
imitando "la voz de su amo";
también puede ser
alondra y sapo a la vez,
híbrido con hormonas hermafroditas
no extrañas al género humano.





Hoy he tenido un sueño:
los loqueros -borrachos-
meaban sobre mi cerebro sin vida.
Entre carcajadas decían
que sólo podría salir del coma
si el calor de su orín
me enderezaba el pene
y escupía el semen sobre mis compañeros.
Los locos reían como payasos
-con risa triste y lágrimas en los ojos-.
No comprendían que un "poeta loco"
cuando toma conciencia del dolor
puede transformar su pene en pluma,
su esperma en tinta
y metamorfosearse en escorpión.





Si vivir es amar sin pensar en el futuro,
yo vivo
cuando por la ventana del pabellón veo
cómo crecen los árboles
-sin percibir quienes son-,
cómo se abren las flores
-sin conocer ni oler su perfume-,
cómo corren los ríos
-sin oir sus canciones ni saber su destino-,
cómo calienta el sol para pobres y ricos,
cómo la luna da luz
a todo oscuro caminar de peregrino...
Si amar sin razonar es tener fe,
yo creo en ese dios
que observo desde la ventana del pabellón.





"¡Dios ha muerto!" -gritó alguien-;
¡uno menos con quien conversar!...
Pero el diálogo entre locos y loqueros no ha muerto,
porque nunca existió.
Siempre hubo una voz que se imponía:
la salida de la boca de las pistolas,
la escupida con el fuego del cañón,
la engendrada en el vientre del átomo,
la expulsada en el parto de las bombas...
voz sorda de ese otro dios carroñero
que no murió.





No existe el tiempo,
los minutos y las horas se deslizan
como cangilones de noria en oasis de desierto.
El día se confunde con la noche
-siempre es noche-,
los ruidos destructivos de las ratas
hacen más pesado el silencio,
sus efectos rayan con el Apocalipsis,
olas de odio inundan continuamente nuestros cuerpos,
un enfurecido mar de sangre
baña la parte baja del pabellón.
Los de arriba, indefensos,
bramamos e insultamos a los loqueros,
que en el fragor de los látigos
no escuchan nuestros lamentos;
aunque los oyeran
no tendrían ningún efecto.
Los locos no tenemos derecho a la palabra,
sino al silencio.
La hora que marca el reloj
es siempre el miedo.





Miedo.- "Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o mal que realmente amenaza
o se finge la imaginación (...) es circunstancia eximente de responsabilidad criminal".

Y sin responsabilidad criminal
-por nuestra parte-
llegará la hora
en que ese miedo cósmico
contagiará a los loqueros,
se hará cuerpo en su cuerpo.
No podrán soportar su peso
-su responsabilidad-;
matarán, quemarán, violarán,
se masturbarán con la locura ajena...
pero como ave fénix
los locos resucitarán de sus cenizas
y con la fuerza del silencio
romperán de nuevo las cadenas.





El tam-tam del tambor
rompe el sosiego
en la sabana del tiempo,
en las colinas,
en el desierto...
¿Quién ha muerto?
Los más débiles -como siempre-,
gentes que viven en el bajo del pabellón
-hoy les ha tocado a los negros-.
Si el día, antes era noche,
ahora, la noche es más noche:
se han juntado la inocencia, la oscuridad y
la negrura de los inertes cuerpos;
se han entrematado los locos.
Hoy no han matado los loqueros;
contentos, se lavan las manos,
pilatean, purifican sus pies
en los ríos y lagos de sangre
que indirectamente ellos cavaron.
En otro tiempo saquearon sus bienes;
hoy les han negado el pan, el agua, la sal y...
hasta el trozo de tierra
que les corresponde como muertos.
Por esto se han devorado entre sí.
Los loqueros
-quebrantahuesos de almas y cuerpos-
por ello guardan silencio.





Los jinetes del apocalipsis
no son sombras
-aunque lo parezcan al desplazarse de noche-;
son hierro y fuego,
miedo.
Son ratas que salieron de las cloacas
para cabalgar sobre nubes sangrientas,
sobre tumbas anónimas de cementerios.
Ya no se cuentan los muertos
en la parte baja del pabellón:
unos han perecido de hambre,
otros bajo el machete,
el resto, de desesperación.
De cada cadáver surge una flor,
de sus labios-pétalos una maldición de rata.
Los loqueros nunca creyeron
que la primavera también podía llegar al pabellón.





Aquí no nos dejan hablar de guerra,
hay que vivir "la paz",
ese artículo-concepto que se compra y vende
en las oficinas-células de Ginebra o Bruselas.
Aquí, en el jardín del pabellón
-a las dos de la mañana-,
con luna llena
en noche estrellada,
el silencio me acongoja;
a lo lejos oigo
caer bombas que matan,
siento en mi carne
el poder inculto que viola,
lloro con los padres
de los niños que mueren y pasan hambre...
Las imágenes que se filtran en el pabellón
son confusas y triviales.
Pero en los periódicos leo titulares acusadores:
"las víctimas a veces son culpables"...
y su sufrimiento está bendecido, apoyado y aceptado
por las ratas hipócritas, los Quince Grandes,
o por "las otras"
que empujan al suicidio a sus locos
cuando se trata de petrodólares.





Mi alma suda sangre
en este retrete
donde ratas y palomas negras
descubren las heces
de lo que un día fuera
alimento de niño de teta,
jalea de reina,
triunfo del destete.
De rodillas
me tienen humillado
-culo al aire-
con camisa de fuerza;
sólo me permiten levantar la cabeza
para pedir la limosna
de retrasar la pena de muerte
hasta llegar el alba.
Pero
como la del toro en la arena
mi sangre arde,
quema principios,
boicotea órdenes,
ahoga penas,
rompe la malla de hierro
con el que está tejida mi camisa de fuerza.
Mi alma vuela
dejando los detritos
con los que siguen alimentándose ratas
y palomas negras.





No,
aún no habéis visto
mi esqueleto colgado
escurriendo las últimas heces del semen
a la sombra de un cadalso;
aún me queda un río de espermatozoides
donde vuestras vírgenes se lavarán la vagina,
un torrente de estearina
donde vuestros pensamientos
se metamorfosearán en sapos,
un lago de esperma
donde se mirará la luna
-con boca lasciva y lágrimas de sal-,
espejo en el que vuestra prostituta "madre patria"
me ha convertido.
Aún no me habéis visto colgado
con los pantalones bajados
y el sexo erguido.





Soy el payaso,
el bufón de circunstancias.
Cuanto más alto escupo
más fuerte es el escupitajo que obtengo...
Soy sólo anhelo;
no quiero llegar a ninguna meta
-eso lo dejo para los loqueros del momento-.
Espectador,
me contento del espectáculo,
o... si acaso, podría ser apuntador
para que nadie traicione mi pensamiento...
¿Pensamiento digo?
Para que me dejen en paz
cuando hablo, escribo o leo,
o cuando en un rincón bebo.





En este rincón del pabellón
quemo el tiempo
en el crisol del tabaco y del alcohol:
un cenicero y un vaso de whisky
-alfa y omega de mi existencia-;
en ellos encuentro el fin de mi niñez,
el comienzo de mi destrucción.
No; no estoy tan loco como me creéis vosotros,
no busco la muerte en el fondo del vaso
ni en el humo mi cigarrillo el paso del tiempo.
Hallo la vida
-aunque esto irremisiblemente me lleve al agujero-.
Busco en primer lugar
el placer de mi pellejo
-aquí, ahora, en este momento-,
el orgasmo que experimento
cuando el humo y el éter
se fusionan en el paladar -en la garganta-,
cuando definitivamente se sedimentan
en la sangre que riega mi cuerpo.
Luego, su espíritu vuela al cerebro.
Allí os encuentro a vosotros
-los locos-;
cuando estáis presentes, vivimos juntos la amistad,
cuando ausentes, vivo de vuestro recuerdo.
Sea en la ausencia o en la presencia
siento los espasmos de vuestra compañía,
vida hecha de momentos que pasamos en el pabellón
-pocos de alegría, muchos saturados de dolor-.
¿Por qué, pues, prohibir el tabaco y el alcohol?...
Además...
"los hermanos animalitos" que pululan bajo tierra
no se alimentan de huesos;
ellos también tienen derecho a hallar en nuestro esqueleto
algunos posos del placer
que experimentó nuestro cuerpo.





Mi amigo, "el indio loco"
-su cabeza desplumada,
con estrellas su cerebro-,
sólo recuerda los colores de los pájaros
y el aullido de los coyotes en invierno.
Anoche intentó suicidarse;
tiene miedo a la noche,
sólo conoció el día durante su infancia,
hoy no se acostumbra a la negrura ni al silencio
que los loqueros nos imponen en el pabellón;
grita y corre por los pasillos
disimulando estar cuerdo.
Como podéis imaginar, los "enfermeros"
no soportan la transgresión del orden público.
Atan al indio en un poste clavado en tierra,
le ponen en la mano izquierda un libro de Freud,
en la derecha el Nuevo Testamento...
y ayudados por electrochoques
le abren el culo en dos
dejando lo más profundo del ano al descubierto.
Los loqueros, como moscas,
no saben dónde pegar la lengua,
dónde hincar el diente:
si en el ano del indio,
en el libro de Freud o
en el Nuevo Testamento.
Mi amigo no tiene miedo al suicidio,
tiene miedo a la vida,
prefiere el "no ser" de su infancia,
volver al útero de su madre
con la esperanza de poder reencarnarse
en el color de un pájaro,
en una estrella del cielo,
o en el aullido de un coyote en invierno.





No es extraño
que haya tanta mierda en el pabellón.
Los perros cuando se sienten acosados se mean.
Los científicos más antiguos demostraron
que la respuesta de las ratas a la tortura
por medio de una fuerte luz,
era la defecación.
La verdad siempre da miedo,
incluso a los loqueros del pabellón.





Los arácnidos -como las ratas-
son animales inofensivos...
Las arañas
tienen cuatro pares de patas,
tráqueas en forma de bolsa,
dos apéndices o palpos
que en los machos sirven para la cópula,
un ano con varias hileras
-órganos reproductores de seda-
que utilizan para confeccionar sus redes
donde caen las moscas torturadas;
en la boca tienen
un par de uñas venenosas
de las que se sirven
para ejecutar a las presas.
Los loqueros -como las arañas-
son animales inofensivos...
tienen además
inteligencia.





Locos y loqueros,
anarquía y orden,
dos caras de la "verdad"
en un mismo Ser;
entre ellas
todas las actitudes se justifican,
incluso las de los que aquí llamamos
monárquicos, republicanos, liberales,
social-demócratas, comunistas...
posturas de compromiso,
reparto de la ganancia del juego:
"el dinero y el poder" es su divisa.
¿Qué diferencia existe
-salvando ciertas distancias-
entre un loquero con cruz gamada,
otro con barba caribeña,
u otro populista social en camisa?
Los locos
siempre serán sus víctimas.





Producto de la corrupción y del terror
es el proxenetismo...
También hay locos
que se prostituyen en el pabellón,
chivatos, lameculos
-putas al servicio de los "enfermeros"-.
Lo importante es obtener un favor,
una pequeña porción de poder
entre sus compañeros de concentración.
Nunca tuvieron nada
ni nadie que les ame;
nadaron en la sed de dominio
-irreal subsistencia-;
en este lumpen carcelario
todos los medios son buenos
para conseguir el "respeto".
Si humano es sufrir,
más humana es la traición
-al menos eso piensan algunos
en este pabellón...-.





Tejedor de sueños
-hoy rotos-,
visionario de la muerte como estética,
te justifico y te comprendo;
¿no ha habido antes otros poetas
que han querido limpiar la carroña
de este paisaje de cuervos?
¿Qué juglar loco no ha tenido nunca el deseo
de ejecutar a un loquero?
A eso yo le llamo purificación
-"ajusticiamento"-.
Si el ruiseñor
tiene la libertad para cantar y volar,
¿por qué el loco deseoso de "hacer justicia"
no puede tener esa libertad
cuando el lobo entra en el juego?
Si la fiera no está hecha para la jaula
y busca siempre espacios sin horizontes,
¿por qué el loco no puede buscar la libertad
y... "ejecutar" cuando ésta está en juego?
Si el tiburón
busca las profundidades del océano
para luchar contra el enemigo,
¿por qué el poeta loco
no puede traer el mar a sus ojos
y zozobrar en él matando
si tal es su deseo?...
Pero, desgraciadamente,
la rabia no muere con el perro...
Y una vez más





Manos,
espigas-torres de catedral,
rodillas clavadas en el suelo,
labios torcidos por el dolor,
ojos de mendigo que se elevan al cielo
pidiendo un grano de amor
para sembrar en el pabellón.
En piedra te cinceló el escultor
para sustituir y eternizar un concepto,
llenar un espacio,
inventar un sueño...
abrir los ojos a la realidad
de una cosecha de mies
sembrada con tormento,
nacida del dolor.





Aparte del error de nacer en el pabellón
existen equívocos irreparables:
confundir el sexo masculino
con una serpiente,
el femenino
con una flor,
la pasión
con el fuego,
la sed
con el agua,
la eternidad
con el amor...
Aparte del error de morir en este pabellón
existe el equívoco irreparable
de vivir como realidad
lo que sólo es ilusión.





Para ella
no hay ningún secreto en el lugar;
desde el séptimo día en que Dios "descansó"
su presencia está viva en el edificio,
entra y sale como si de su casa se tratara.
Invisible
atraviesa muros, barrotes, puertas, armarios...
dejando siempre la misma huella:
el olor de la que pasó,
que se confunde con el de la piel
de los residentes del pabellón.
También atraviesa sus cuerpos
dejando idéntica impresión:
el ansia de dormir eternamente en su regazo
para no despertar nunca más a la realidad
de lo que aquí se llama vida
-ilusión...-,
ese sentimiento que hay que inventar cada día
para que la sombra del suicidio se aleje,
hasta que ella, la muerte,
acepte nuestra verdadera condición:
la del ser que ha olvidado lo vivido.





Mi amigo "el intelectual"
-en el sueño-
rompió la almohada,
y al tiempo que clavaba en su cuerpo
las plumas de cuervo que contenía,
gritaba:
"¡Yo no soy yo...
yo nací con alas!...
Éstas no son mis plumas
-las mías eran blancas-,
rompían el cielo azul de la noche
y al amanecer saludaban siempre el alba"...
Con sus manos agarrotadas
intentaba romper los barrotes de la ventana
para quebrar el divorcio entre su vida y su alma
-metafísica diaria-:
miedo a vivir,
miedo a morir,
miedo a la verdad
-con la que soñaba-.





¿De dónde vengo?
Del estuario cenagoso de mi madre,
donde se sedimentaron posos de dolor
envenenándola antes de haber conocido el placer;
de las ruinas de un pueblo abandonado,
donde sólo queda un campanario
-pulmón de almas,
esperanza de esclavos-;
de la fría y húmeda tierra de un cementerio,
donde las ratas se alimentan de carroña humana,
donde los vivos no pueden reposar
ni siquiera después de muertos.





¿Hacia dónde voy?
Hacia otra noche más oscura,
hacia un sueño que temo,
hacia la metamórfosis de mi carne
en puro concepto:
la nada, de donde vengo.





Muros de cal viva, incandescente,
donde agonizan abrasados almas y cuerpos;
isla de la ira,
asedio y muerte del amor;
hemos olvidado el gusto de los besos,
hoy lágrimas saladas
que en el flujo y reflujo de la playa
recogen con el viento
el aroma de los recuerdos.
Aquí no existen futuros ni verdades
-si no son las de los loqueros-;
nuestra única certeza
es nuestra precaria existencia
entre estos cuatro muros
donde agonizan calcinados almas y cuerpos.
Quizá un día
cuando el mar ya no oiga nuestros lamentos,
éste se encabrite contra los dioses
y los reduzca también al silencio.





La aurora menstrúa sangre inocente
y en el edificio corren ríos de esperanza;
los loqueros sólo ven lodo
donde se nutren las moscas
que creen en su mismo dios.
El hombre genérico no existe,
nunca existió.
Existieron partos torcidos,
quimeras de especies
en peligro de extinción.
Pero... la inocencia no pudre,
vitaliza,
genera vida en los excrementos que ellos expelen,
en nuestro interior,
en esa tierra virgen
-tierra de nadie, tierra nuestra-
que es el pabellón.





Los veo como sonámbulos
y me pregunto...
¿qué pasará por su cerebro?,
¿harán un esfuerzo por subsistir?
Nada más absurdo
si pensamos que hemos nacido
cuando a nuestra madre
ya le habían amputados los ovarios,
cuando obstinadamente buscamos las raíces
entre los hermanos muertos,
cuando ellos -los cuervos-
acechan el momento
en que nuestros huesos
den contra el suelo.





He vivido intensamente,
he sufrido con "avaricia",
he amado con pasión...
Pero...
siempre se escapó algo a mi sinrazón:
¿una lágrima de mi madre?,
¿el gesto de un amigo en aflicción?,
¿el llanto de un niño que no quise oir?,
¿el espacio entre una mano suplicante y mi yo?,
¿la sonrisa triste de un payaso?,
¿la mirada doliente de un amor?...
momentos transcendentes de un pasado
que no recuperaré
para el bienestar del pabellón.





He soñado
que la última rata ha dejado el barco
creyendo eternizar un poema,
que no queda un alma en la nave
para contar la historia a los que vengan,
que el casco del barco se sumerge
acariciando la aurora que nunca llega,
que la nave se hunde definitivamente
sin dejar huella.


<-- Vuelta a las obras