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"La Castilla"
de Nemesio Sánchez en textos e imágenes

Extractos de los libros siguientes :
El alma de una tierra, 1994
Rostro del tiempo, 1997/1998
Países de la memoria, 2003
Desarraigo
(inédito)
Pan perdido (inédito)

Al hablar de ella
- del alma de mi tierra -,
me gustaría decir todo en estas pocas líneas;
pero apenas diré nada;
sólo me limitaré a esbozar
lo que entraña para mí :
es la pupila de mis ojos,
la campiña de mi infancia
donde todos los juegos estaban permitidos,
donde todos los sueños esperaban un mañana;
evoca en mi alma
la mirada infantil de mi estepa,

donde crecí al unísono con la naturaleza
fundiéndome con el agua de sus ríos y de sus fuentes,
la fortaleza de la encina milenaria,
la pradera donde pastan los toros,
el vuelo anárquico de las águilas;
la asocio
al embrujo de sus llanuras sin límites,
a la altura de sus montañas,
donde se respira la libertad
y se ensanchan nuestras almas;
es el sortilegio de sus pueblos,
el "duende" de sus vetustas casas,
el misterio de sus piedras doradas;
la vinculo
al color del sudor de mis campesinos
cuando, sin fundadas esperanzas,
hacen el amor con ella
trabajándola...
alma de mi tierra es también
el dolor que sufren en sus almas,
cuando el "poder constituido"
los toma como carne de cañón
en la guerra de la ignorancia;
trae a mi conciencia
los recuerdos "deformados" de mi niñez,
con colores, olores, sabores...
todo aquello que en mi madurez me falta;
su alma puede ser
el miedo al día en que me acoja en su regazo
para dormir -¿vivir?- eternamente en su morada...
La única certeza es que hoy
- a mi tierra castellana -
la siento y amo como madre,
como esposa,
como amante,
como hermana...
ella es manantial del placer en mi vivir
y pañuelo de mis lágrimas.







Castilla de cielo plateado,
devuélveme el rumor del viento y
el color de la tradición
hollada por huestes venidas de lejos;
devuélveme la alegría del campesino
que a cada paso vacila
dudando entre dar uno nuevo o
caerse muerto;
devuélveme la juventud de nuestras mujeres
hechas viejas antes de tiempo,
sombras negras ambulantes,
llorando el pasado y
temiendo un futuro incierto;
devuélveme la esperanza del pueblo
que en cuerpo y alma trabaja
el cacho de tierra prostituida
y se deja engañar
por sus angustiosos sueños.
Devolvedme la clave,
viejos campos de Castilla,
cofres secretos de sufrimientos anónimos;
no mantengáis en el silencio
esas vidas muertas
hechas de oraciones desesperadas
rotas por sinfonías de muerte
que no conocieron el tiempo.
Áridos campos de Castilla,
cárceles de libertad condicionada,
devolvedme la llave de esas rejas,


y no torturéis más con la miseria
a esos hombres que
cometieron el error de nacer
en el barro amasado con sus manos
y en el sudor del trabajo mal pagado.
Ardientes y helados campos de Castilla,
que con vuestro sol y vuestro frío
arrasáis las almas angustiadas de
los hambrientos campesinos,
devolvedme la serenidad,
aquélla que ellos soñaron
y nunca tuvieron.





Deseo verte de nuevo
tierra mía - Salamanca -,
deseo escuchar la música de tus torres,
besar tus piedras doradas,
tocar la sombra de tus hombres,
beber la imagen de tu catedral
proyectada sobre el Río Tormes,
silencioso espejo de plata.
Pronto te veré,
estepa mía salmantina,
me henchiré de la dureza de tu tierra,
comeré el pan


- fruto de la espiga trabajada -,
beberé el vino que deja huellas
en la piel de tus gentes
y posos de tristeza en sus almas;
correré de nuevo los caminos
que el Lazarillo hollara un día,
me impregnaré de olor a sudor y polvo,
de la paz de la encina milenaria,
marcharé descalzo sobre la tierra rojiza
- sepulcro de oro con ilusiones truncadas -,
aprenderé a amar en el silencio del campo
sólo roto por la gaita del pastor,
el canto del grillo
y la alegría de la cigarra.





Navío que zozobra en el Tormes
por el peso de los años,
gloria de la historia de puta vieja
que durante siglos
sólo supo dejarse querer;
eres eterna, amada
por tu corazón de oro tallado en piedra
y por tu sexo en llamas
cuando el sol decide acostarse
dejando paso a la oscuridad
en la estepa castellana.
Mi Salamanca,
de día duermes
y de noche amas;
sólo tus grandes arterias viven noche y día
y tu pulmón - la plaza -

palpita a todas horas
respirando el aire de los que te aman.
Eres eterna
como eterno es tu oficio :
el de dejarte querer
- mi puta callada -.





Eres memoria de imágenes sin rostro,
piedras que hablan de glorias y de miserias...
de nobles que vivieron a la sombra de sus palacios,
de monjes que hicieron política en sus oscuros
claustros,
de plebeyos que levantaron castillos e iglesias,
de pordioseros que, al raso de tu cielo azul,
pasaron su vida mendigando
- suplicando la vida eterna -.
Tus muros de granito dorado
todavía sudan sangre medieval
expelida por los cilicios de tus frailes,
surgida del choque de espadas en duelos
por "defender su honor",
o el de doncellas que se hicieran violar;
huelen a sangre de menstruación
derramada en anónimas celdas,
a sangre seca de mendigos
que pedían pan en los pórticos de tus iglesias...

Eres palabra
que llega al cenit de nuestro siglo
anunciando
la misma felicidad,
la misma tristeza,
imágenes que siempre se reflejan en tu Tormes
con silueta de eternidad.






Manos que empuñaban la mancera
para hundir la reja
en las entrañas de su amante,
la tierra;
tierra que se dejaba hacer
al sentir el flujo del sudor que la temperaba
para que las manos pudieran penetrarla
- poseerla -
sembrando a manta
la simiente en ella.
Manos, sudor, tierra,
triángulo de un amor
forjado en el sufrimiento de la subsistencia.

Del orgasmo de estos tres amantes en la besana
nacía la cosecha,
oro negro de la estepa castellana,
río de lágrimas
cuyo delta estaba en la era.
Allí rompían,
se separaban los enamorados
con el consentimiento mutuo
- no sin dolor -
hasta la llegada de una nueva sementera.






¡Oh, campo de mi tierra!
- sollozo árido de Castilla -,
triste has quedado
con el arado en abandono,
aquel que sajaba y vivificaba tu suelo cada año;
triste el arado
que ya no siente en su esteva la amorosa mano
del que, con el sudor de sus entrañas,
regaba y regeneraba tu tierra;
triste tu tierra
- madre en menopausia -
que ya no acoge a la reja en su matriz
desde que el labrador dejó de hacer el amor con
ella.





Los estoy viendo en el horizonte bregar contra la
tierra,
a marcha cansina,
casi estática,
confundiéndose con el hieratismo de la vieja encina.
El hombre y la naturaleza se confunden,
se abrazan en un acto de amor procreativo...
La reja, hiriente pene,
penetra en la tierra,
preludio al acto procreativo de una nueva cosecha...
Todo es una quimera :

los veo como sonámbulos por aquellos parajes...
deambular que cada día termina
dándose las buenas noches;
marchan a la cama y juegan a morir en el sueño...
para levantarse muy temprano,
y dirigirse a luchar por la vida,
muriendo, poco a poco, en el sopor
que les proporciona el campo.





En invierno, a las seis de la tarde
comenzaba la noche vestida de acero,
invadida por el humo de las chimeneas
y el olor a puchero.
El labrador de mi terruño
se dirigía al hogar con paso vacilante, lento,
como si el traje de pana fuera de bronce;
pero lo que le abrumaba eran sus huesos,
su existencia misma, pesada como el plomo,
como el hierro de su azadón,
como la reja de su arado y sus aperos.
Se acercaba la noche,
larga para pensar y corta para conciliar el sueño.





Allí
los niños nacían con cara de herramienta
rompiendo con violencia la matriz genitora,
dando golpes en el yunque de la vida,
hiriendo como arados las entrañas de la aurora
que apenas conocían.
Antes de ver la luz del día
ya olían el estiércol de las vacas,
sentían el yugo que les esperaba,
se alimentaban de la tierra que su madre comía,
presentían la muerte que les acechaba
antes de gustar los placeres de la vida.
Los niños nacían para luchar en una guerra
que de antemano la tenían perdida.







Resuena en mis oídos el eco de las "tres Ave Marías"
a las seis de la mañana,
y veo al cura en el confesionario...
aún me llega el olor pestilente y
el gruñir de los marranos,
los cencerros de las vacas que salen al pasto...
Allí se hacen viejos los hombres y
pierden la esperanza las mujeres...
Pero no les habléis de suicidio,
¿de que liberarse?...
Si queréis consolarles,
hablad de Dios, de paciencia, de resignación...

 





A las doce de esta noche de verano
el pueblo está desierto, callado, muerto.
Pero al salir al campo
siento y veo que todo vive
bajo la bóveda sideral del espacio :
miles de estrellas parpadean ruborizadas
como si yo les preguntara por su origen
y no supieran responderme.
¿Dudan de su existencia?
¿Es que Dios las ha abandonado?
Aquí abajo
hasta la sombra de los árboles y arbustos vive;
entre sus ramas centellean los ojos de un búho,
más lejos brillan y acechan los de una zorra,
al borde del camino arden las luciérnagas,
cuando menos lo pienso me sorprende
el vuelo zigzagueante de un pájaro irreconocible.
Los conejos y las liebres pelan la pava
al fresco del sendero solitario,
no sin inquietarse si oyen los ruidos lejanos
de un posible cazador furtivo y desalmado.
Sentado junto a la fuente escucho
el solo del agua al caer en el abrevadero
que, como en un oratorio de Victoria,
lo acompaña un sinnúmero de voces de aves
y de animales noctámbulos.





Bajo un sol de justicia
oigo el sonido gangoso del carro en la carrea
por calzadas polvorientas de alcores y praderas;
el canto de las chicharras
confundido con el de las cogujadas
lo acompaña por ribazos, hondonadas y laderas
en ese caminar hasta la era.
El labrador, con paso cansino, va delante;
unas veces satisfecho
por el fruto recogido durante la siega,
otras con tristeza.
Agobiado, hace un alto en la fuente,
fuma un cigarro y echa un trago;
entierra en esa tumba
sus alegrías y sus penas.





Ellos no tenían voz.
No es que vivieran en un mundo sin palabras;
éstas estaban inscritas en la naturaleza,
pero cuando llegaban a sus gargantas
se suicidaban.
Y ellos seguían sobreviviendo resignados
creyendo que era normal;
de la palabra
sólo podía servirse la Autoridad.
Ellos no conocían más que el silencio.
Permanecían mudos
ante los elementos de la naturaleza,
ante los enigmas de la vida

- enfermedades, envidias, rencores, injusticias -,
ante el misterio de la religión,
ante la muerte, cada día presentida,
ante el mismo silencio que - en todo esto -
guardaba Dios.







Con garabatos en el cielo
sigues escribiendo los enigmas de esta tierra:
la grandeza de tiempos pasados,
la pobreza a la que ha llegado,
su mística leyenda.
Cuando marcho por el camino
y te veo majestuosa oteando el horizonte,
encaramada en la espadaña de las ruinas de la
iglesia,
me pregunto qué piensas de la historia de estos
lares.
Tú seguiste el andar prepotente de los nobles
y el caminar cabizbajo de sus servidores,
escuchaste el canto gregoriano de los frailes
y apreciaste la fe del carbonero de los fieles,
viste la altanería del ganadero montado a caballo
y hoy contemplas a sus gañanes haciendo por la vida
- como ellos me dicen
cuando me pierdo por estos desolados parajes -.
Desde tu atalaya de piedras medievales
haces tuyo el tiempo;
las contradicciones que lo acompañan
las dejas para los que pasan
- para nosotros, los mortales -.





Viejo tienes el cuerpo
- negruzca encina centenaria -,
el tronco retorcido de tormento.
Un rayo te hirió de muerte,
pero no fue capaz de doblegarte ante el paso del
tiempo
ni pudo borrar la belleza de tu alma.
Con corazón cansado encuentro en mi memoria
imágenes de ovejas bajo tu sombra;
segadores que al amparo de tus verdeolivas hojas
disfrutan de la siesta;
labradores sentados al lado de sus alforjas
que se protegen de rachisoles o aguaceros;

cazadores a la hora del almuerzo
contando hazañas añejas de caza
y algunas mentiras sobre el arte de sus perros;
cerdos en montanera que sin mirar al cielo
se alimentan de tus bellotas;
águilas ratoneras que desde lo alto de tu copa
acechan la eventual presa;
la ilusión del niño que fui
cuando cada verano encontraba en tus ramas
un nido de tórtola.
Ves pasar las gentes, los animales, las aves, las cosas;
pero tú quedas como testigo de nuestras efímeras
historias.





Fuente mía de mi infancia,
fuente alegre, fuente triste, fuente clara.
Mil imágenes
salieron de mi cámara fotográfica,
mil recuerdos me traes a la memoria,
mil añoranzas.
Mientras cantabas la monotonía del invierno o del
verano,
las vacas bebían en tus transparentes aguas,
los labradores apagaban la sed
y chapuzaban su rostro sudoroso en el estío,

las mujeres lavaban en tu poza la ropa de la semana
contando historias rancias,
y los novios se miraban en tu espejo de plata
para verse y sentir palpitar sus corazones concéntricos
al verter tu arrulladora y límpida agua.
También fuiste testigo de mis alegrías y lágrimas;
hoy lo eres de mis esperanzas.





Partiré...
pero quedará el recuerdo
de lo que quise ser :
color de la tierra en que nací,
encina milenaria
mirándose en un riachuelo que pasa,
sol de la infancia
que bronceó mi piel,
campanario, campana de un pueblo
con ecos defelicidad,
fuente a la vera de un camino
en la que mis paisanos apagan su sed,

fuego de una chimenea de pobre
donde se cuece la esperanza del amor,
lucero matutino en la estepa castellana
que anuncia el día a los que aún tienen fe,
lechuza en una noche de verano
arrullando el sueño de una madre con ocho hijos,
rocío de la mañana
para los que calzan abarcas más pequeñas que sus pies,
sendero de sierro
donde se pierde el eco de la blasfemia del pastor,
voz de juglar, titiritero, payaso, bufón...
para divertir a los que descansan de su quehacer,
locomotora de vapor
que hace soñar a los que aún creen en el amor,
simiente, grano de trigo, espiga que
- fermentada en el dolor -
quita el hambre y no da sed,









Camino del cementerio

Despacio, suavemente,
estoy cansado...
aunque no veáis mi fatiga.
El ataúd que me oculta a vuestras miradas
me une a vosotros en los recuerdos.
Siempre era invierno...
Cuando niño,
sentía la tierra fría sobre mi alma
como hoy siento el frío en mi cuerpo.
Ayer, con pavor,
escuchaba la "sonería" de la esquila del cabildo
anunciando que alguien había muerto;
hoy escucho con placer
el cencerro del buey solitario
que no sabe nada de duelos,
ni de lo que para los mortales
significa el silencio.
Cada vez que alguien muere
se respira y se masca la muerte en la aldea...
todos hemos muerto un poco
antes de vivir nuestro sepelio.
Hoy me ha tocado a mí...
Ya no existe mi padre, que
- antes de salir del templo -
cantaba el "Réquiem" a los muertos,
y aquel "Réquiem" lo echo de menos.
La ronca voz del sacristán
traducía los sentimientos-gritos
de todo un pueblo;
hoy me contento con vuestro mutismo,
con los pasos sordos que dais
acompañándome hasta el camposanto...
asi, despacio, suavemente...
ya me ha zarandeado bastante el destino
antes de caer muerto.
El eco de la campana grande
que a pequeños intervalos
juega con la "chica",
queda lejos...
incluso los recuerdos de lo vivido con vosotros
se alejan.
Sólo la muerte me acompaña
- os acompaña -
en el camino que conduce al cementerio...
Pasar el dintel de su puerta
es comenzar a vivir de nuevo.
Pero, si tenéis miedo, no entréis;
quedaros fuera
observando todos mis movimientos:
me daré a la tierra
como me he dado al amor,
entre cipreses, cardos, rosas y romero.





Soy tierra de nadie en la que crecen
cardos, escobas, encinas...
tierra de secano y sin dueño
donde el cielo deja caer su lluvia
siempre a destiempo;
soy tierra erial de monte
donde crecen las jaras
bajo la vista del carbonero,
tierra quemada por un sol de justicia
donde las aves rapaces
sólo comen carroña
que les proporciona mi pellejo...
Soy tierra, arcilla, polvo, cuerpo...
que corre detrás de la voz del viento,
porque me niego a ser víctima del SER
que a mis padres le dieron.





La sombra de tu sombra se hace vieja...
el campo dorado de mi terruño enmudece,
el anochecer se aproxima...
cuando el último rayo de sol hiera las espigas,
cerraré puertas y ventanas
para escuchar el eco de tu voz
y vivir la noche en tu compañía.







Ya se acerca la aurora, madre...
la cocina está templada
por el rescoldo que anoche dejaste en ella,
la levadura ha fermentado en la harina que
amasaste.
Se aproxima el amanecer, madre...
en el escaño, junto a la lumbre,
te espera la artesa cubierta con la sábana
como si de un sudario se tratase;
mete de nuevo tus manos en la masa
para finalizar el milagro que en la velada iniciaste :
darle forma a la espiga dorada que ayer sembró mi
padre,
quitar con pan el hambre a ocho mastines,
cerrar con pan la boca a ocho ansiedades...
Levántate, madre!...
son las cinco de la mañana,
ya despunta el alba,
no dejes que el sol te despierte;
sabes
que la levadura puede hacer estragos
en el cernido que amasaste...

Soñolienta y cansada se levanta mi madre;
se acerca a la artesa y descubre la masa,
sus ojos se abren,
mira por la ventana del portal,
con alegría ve que un nuevo día nace.
Trae las escobas del portalón,
retira a un rincón el torno y la mesa de amasar;
sobre ella coloca los enseres
que utilizó la noche antes :
cedazos, cuchillos, platos, calderos, envases...
Ya ha encendido el horno...
como el dios Vulcano
maneja con destreza y coraje la pala de madera
atizando el fuego y rumiando en su mente
sacrificios pasados, esperanzas presentes...

- mi madre cuando trabaja no canta : piensa y reza-.
Nunca la veo tan bella...
A pesar del sudor que corre por su frente
la cara la tiene iluminada por el fulgor de las llamas,
haciendo resaltar su belleza interior
en su ardiente semblante.
Cuando el horno está caliente
mete uno a uno los veinte panes de la hornada...
Ya están dentro, ya comienzan a dorarse.
Ahora..., a esperar!
Mi madre no sólo sabe cocinar, remendar, llorar...
también sabe esperar..
- espera es su existencia -,
el pan es el maná caído del cielo
pero regado con sudor y arrancado al regazo de la
tierra.

Duerme un rato, madre!...
Ya has esperado bastante que el barbecho fuera
arado,
que el grano germinase,
que el herrén se hiciera espiga,


que ésta madurase...
largo se hizo el tiempo de la siega,
del acarreo, de la trilla, de la limpia...
ver, por fin, la harina hecha pan
y cocerse en el horno, con el amor con que lo haces.
A las ocho de la mañana
- despertados por su olor -
alrededor de la lumbre,
tomaremos el café negro de cada día
migado con el pan reciente
en esta nueva jornada que nace.
¡Descansa, madre!...





Sus manos arrugadas tiemblan
a la luz crepuscular del atardecer
que horada la ventana;
sus dedos, cansados de hilar,
hacen bailar la vieja rueca
- una y mil veces -
escandiendo el compás del silencio
que se pierde en el tiempo.
Sus ojos - pensativos -
reflejan el misterio de lo vivido.
Su boca mastica las palabras
que en su juventud le han prohibido.
Ya es tarde para jurar...
fatigada de balbucear lo incomprensible
calla;
sólo sus manos hablan.





Sus manos no eran de cera,
ni sus dedos de plata,
eran manos toscas de herrero
que forja el hierro en la fragua;
del fuego de su interior
brotaba el calor de aquellas manos
que pasadas por el crisol del amor
quemaban mis entrañas.
No eran manos de copa de champán,
ni hechas para guantes de escarlata,
eran manos que de día trabajaban
y al atardecer acariciaban,

manos de labrador
que en la tierra buscaban
la poesía de la vida
y en nuestro espíritu
la semilla del amor...
Hoy las vuelvo a ver
en una caja de roble :
mármoles fríos
que navegan hacia el olvido,
sin alejarse de mi alma.





Tristeza

La tristeza tiene color de invierno...
el fuego de la casa
de mi sombrío pueblo
no es suficiente para calentar el alma;
el alma del hogar
deja de ser brasa incandescente
en el fuego de la casa;
las manos que lo mantenían
se consumieron atizando la llama
del amor que los unía.





Detrás de aquellas rejas
- prisión durante gran parte de tu vida -
cerraste para siempre tus ojos.
Cinco días duró tu camino hasta la cima,
cinco días de soledad ante la muerte,
que te esperaba como pájaro carroñero
seguro de su presa;
y aunque no te faltó la compañía de los tuyos
te falló aquella que más querías :
la del Dios que habías amado por encima de todo,
aquel que te negó la paz en tu larga agonía.
¿Por qué sufrías? - nos preguntábamos todos -.
"Los caminos de Dios son impenetrables" - nos decías-.
Sí, tan incomprensibles como la muerte,
como tu vida,
tan inexplicables como la fe misma.







Muerte

Te sentí cerca, muy cerca...
en el silencio del día y de la noche de una aldea,
sólo roto por los ladridos de los perros
que también te olieron
- y ellos no son hombres, sólo son perros...-
en las caras tristes de los paisanos y mujeres de mi
pueblo...
cuando alguien muere
desaparece un jirón de vida
con el que convivieron unidos en alma y cuerpo;
te sentí
en los árboles, en las plantas, en las flores...
que bajo la escarcha blanca
lloraron de tristeza con el viento;
en los animales de la tierra y las aves del cielo...
durante cinco días erraron sin rumbo
entre la niebla espesa de la historia
remontando la memoria del tiempo;
te sentí
en la casa soleada de mi infancia
que con tu presencia se convirtió
en lóbrega noche de invierno,
en los objetos y muebles
que en otro tiempo vivieron
y hoy están muertos...
hasta el reloj, que contaba el sufrimiento,
esos días guardó silencio;
te sentí
en la mirada de los que me rodeaban,
en sus sollozos, en sus palabras,
en todos sus movimientos...



que como ruedas de molino
mascaban la angustia y el dolor
por una madre que se alejaba;
te sentí
alrededor de una cama,
que, ave rapaz asquerosa,
esperabas tu presa
volando por encima de nuestro tormento y tristeza;
te sentí y te vi cerca, mucho más cerca
-monstruo del sufrimiento-
en el rostro incognoscible de mi madre...
se puso fea,
ya no era ella,
eras tú la que -como en un espejo-
te reflejabas en su cara,
tú la que ya pensabas por ella,
tú la que le hacías contradecirse,
tú la que ya no le dejabas rezar,
tú la que le hacías sufrir,
tú la que le impedías hablar,
eras tú la que te babeabas
y que la poseíste de una manera indecente.
Sólo cuando tus garras desaparecieron de su cara
volvió la vida a su semblante...
para vivir en nuestro recuerdo
eternamente.







Agonía

No vimos a Dios,
pero sentimos su presencia
en tu garganta ahogada
henchida de dolor y de fatiga.
Durante cinco días vimos
las huellas de la vida que poco a poco te dejaba;
oímos los pasos sordos de la muerte
que se acercaba a ti y que
con entereza asumiste la hora llegada;
sentimos el amor en tu mirada
- aunque al final ya no nos veías -,
lo palpamos en tus besos, en tus palabras,
en tu cara demacrada
por el dolor físico y moral
que el destino te ofrecía : "premio" a tu vida
en una tarde fría, desolada...
Observándote, mil veces maldije nuestro nacimiento.
"Se muere como se vive" - nos decías -.
Y así moriste,
con el dolor que te había acompañado en tu
existencia,
ignorando hasta los ladridos de los perros,
que también se dieron cuenta
de la "injusticia" que Dios cometía.
No, Él es justo...

"Lo que Dios quiera" -murmuraste en tu larga
agonía-.
Pero intentabas deshacerte de las sondas y
artilugios
que la ciencia ha inventado para alargar la vida.
Luego te arrepentías y nos pedías perdón.
¿No estaría Dios detrás?
¿No sería Dios el que tuviera que pedir disculpas?
Ese Dios que tú tanto querías...
¿Necesitaba poner a prueba tu fe?
¿No habías sufrido bastante en tu vida?
Al final tú dijiste:
"Los caminos de Dios son impenetrables"...
Sí, tan inexplicables como el dolor físico,
tan contradictorios como el mal moral,
tan difíciles de comprender como la fe misma...
Ante una agonía tal
- perdóname, madre -,
mil veces también deseé tu muerte...
Cuando se cerraron tus ojos
- después de cinco días -,
compartí la paz contigo y,
como te prometí,
cerré puertas y ventanas
para escuchar el eco de tu voz
y vivir la noche en tu compañía.







Aún lo observo remontar
la cuesta de La Calleja
cuando vuelve del taller,
y aún lo veo entrar a mediodía
- a contraluz -
por el dintel de la puerta del zaguán;
es una sombra que dice diariamente al llegar:
"¡Muchacha, la comida!"
Cansado,
con sus pantalones remendados,
con su chaqueta raída - pero limpia -
y con su cara de tristeza, se diría
que lleva sobre sus espaldas
todo el hambre y la pobreza
que el mundo maldice.

Él era mi padre:
una sombra deambulando por la vida,
el esqueleto de una sombra famélica
- imagen de Sísifo -
que nacía y moría cada día
con la piedra de la indigencia encima.





Abuelo

Hierros oxidados en un muladar,
son tus huesos que vivieron,
raíces de crisantemos que tú sembraste.
Brazos torcidos, cansados de trabajar,
es la imagen
para aquellos que te conocieron;
alma de la tierra que roturaste
es el viento, que pasa
sin dejar huella de tu vida.
Sólo queda el sudor
- color de herrumbre -
del penoso bregar de cada día.








Lejos queda el fuego del hogar,
y hoy me doy cuenta
que el abrigo que llevo desde la infancia
se ha quedado pequeño.
¿Quién calentará mi alma en este largo invierno?
¿Quién la calentará, con el frío que hace
y el hielo que cae sobre mi viejo cuerpo?
Busco una chimenea en la ciudad
donde el humo que salga tenga olor a puchero,
donde el color de la nube que forme
sea el de la esperanza,
donde presienta el amor que hierve junto al fuego...
Camino cansado de hollar la tierra
y de mirar al cielo,
y esa chimenea que busco
no la encuentro.






¿Y si lo que viví en mi infancia
no fue más que un sueño?
¿Y si lo que ahora vivo
no es más que un deseo?
Antaño
todo tenía sentido :
que en verano hiciera calor
y que en invierno hiciera frío,
que las campanas de la iglesia repicaran a fiesta
o que doblaran tocando a muerto,
que el labrador, un año no cogiera cosecha
y que al siguiente llenara la panera de trigo,
que los ricos fueran cada vez más ricos
o que los pobres no pudieran consolarse con el suicidio,
que unas madres desearan dar a luz más y más
y que otras se arrepintieran de haber parido tantos hijos.
Antaño todo tenía sentido.
Allí estaba Dios para responder de todo y a todos.
Hoy guarda silencio
- como el dolmen del Valle de las Cañas,
la tumba más antigua del pueblo
a la sombra del majuelo -.
¿No será que lo que anhelo
es volver a ser niño
y poder creer aún
en aquel mundo, bello y eterno?

 


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